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En Caná de Galilea

Una boda. Fiesta, ornamentos, alegría, todos convocados desde las pequeñas cumbres de sus miserias, envueltos en ellas como festones sobre el cuerpo, para entrar por la pequeña puerta y transformarlas en esa extraña luz hermanable que de pronto olvida y hace crecer brevísimos pastos en ausentes llanuras.

Si estamos en Caná de Galilea, y si se trata de los evangelios, es indudable: estamos ante el milagro del vino. Si uno de los personajes se llama Jesús, con más veras: tiene que ser un milagro. Si es un milagro, tiene que ser algo frente a lo cual la pobre lógica humana se excede, proclaman casi todos.

El ciego no es casi todos. “Recuerda”, dice, “que yo era ciego, y ahora veo”.

“Tranquilo ciego”, dice el teólogo, o el predicador, o el historiador, o incluso un teósofo: “tus palabras serán mejor explicadas por mí”. 

Estas cosas venden: el teósofo, hay que decirlo, ha tomado ventaja. Se trata de la verdadera ciencia, explica, tan avanzada que nuestra mentalidad escasa aun no es capaz de vislumbrar la verdad de los entes superiores y evolucionados; ciencia, ciencia pura, ciencia a la que debemos abrirnos para poder evolucionar. “Aquí entre nos”, susurra por lo bajo, “ciencia que nos oculta el Vaticano, la Curia, la CIA, en un complot internacional contra el conocimiento. ¡Lo juro! Ellos no me dejaban hacer mis investigaciones... ¿ya visitaste mi página web? Con sólo cinco dólares accederás a valiosísimo material para tu crecimiento y evolución espiritual...”.

El teólogo o el historiador pretenden más seriedad. “Eh.... uhm... ah...”, dicen, carraspeando un poco. “Ni podemos decir que sí, ni podemos decir que no. Estamos ante la presencia del misterio, ante el cual los métodos histórico-críticos ciertamente no se pueden pronunciar, ateniéndose al dato comprobable de los hechos en sí al mínimo de la interpretación…”. En fin, que para decir todo, y para decir nada, podemos decir el misterio. Mariposa que nos aletea innombrable e incólume, suspiro extraño de palabras o gestos que la nombres.

El predicador los considera, o bien farsantes, o bien estúpido. “No hay que negar el misterio. Nuestra tarea como bautizados es defender la fe, predicar la fe, inculcar la fe”, dice, elevando la voz y avanzando la mirada dispuesto a someter a los tibios por su propia salvación.

“Ciego, y tú...”, comienza alguien: “¿Ciego...? ¡Ciegoooo!”.

El ciego va lejos. Ha entrado en la fiesta, tanteando sobre sus ciegos pasos, guiado por el sonido de la luz. Ha entrado, justo al acabose del vino. Pero el ciego está feliz. Tanta felicidad es contagiosa. Estos pobres desgraciados celebran, celebran y son capaces de celebrar hasta con la más miserable de las miserias.

“¿De qué se ríen, si no tienen vino?”, pregunta un economista que por allí pasa (es vendedor de productos Hebel, y lee a Chopra, porque es un realista espiritual). “¡El misterio, el misterio!”, responden con entusiasmo y a una sola voz el teólogo y el predicador. “¡Un sentido que solo da la ciencia de la evolución espiritual!”, contrapuntea el teósofo. “Me perdona caballero: la ciencia objetiva, la verdadera, nos dice que se trata de un teologúmeno basado en un facto que remite a costumbres celebrativas”, reclama el historiador.

Adentro hay risas. Ellos recordarán después (los de adentro) tanta simpatía, tan parecida al buen vino, a la buena cerveza, después de una dura y buena jornada. Alguno, desde su recuerdo, relatará aquella jornada como si de un buen vino se tratara.

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