Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Crónica

Observación al Teorema del mono infinito

Durante mil noches y una más, el encadenado mono de Borel aporrea las teclas de la vetusta máquina de Sholes, buscando la imposible palabra que le daría razón a la maquinación probabilística de su imaginador, y que regalaría su libertad. Percibe entonces, en su oscuro asomo de consciencia, que le espera mil veces y una más aquellas mil y una noches. En su naciente furia, fantasea con un Borel encadenado, sacudiendo con desespero las teclas de aquella máquina, buscando deshacerse de toda palabra posible, sin lograrlo. Apostilla : De aquel mono -se experimentó- el logro fue un brevísimo fragmento de Enrique IV ; de este Borel -se supone- el resultado sería el entero Finnegans Wake .

Del Uno y Singular, en Occidente

En la historia de la humanidad, Jesús de Nazaret es uno quien, sin haber buscado tal merecimiento, alcanzó fama perenne en aquello que Gérard Mairet llamó “el mito de Occidente”. A tal punto que éste es –sombra innombrable, insondable– la columna vertebral de toda investigación erudita que, desde el siglo XVIII, se desarrolla en torno al asunto (Quest) sobre el Jesús histórico, desde sus orillas más fideístas hasta las más positivistas, desde las más conservadoras hasta las más contestatarias, cubriendo todos los puntos del espectro. De esta columna, constituye su nervio central lo que Fernando Bermejo Rubio reseñó como “el mito de la singularidad”. Uno y otro mito fueron señalados por Celso, en el siglo II d.c., si bien el señalamiento quedó oscurecido por el hecho de ser escrito bajo la forma de polémica ( Alethés lógos ). Podemos imaginar (sólo a manera de elucubración) la tarde en la que Celso barruntó que aquella peligrosa secta daría al decadente corazón del naciente Occid...

Razones

Porque cada pájaro estaba embozado bajo un violento azul, intolerable para mis ojos criados en sótanos. Porque allí encontré, en los primeros años, los eternos manuscritos que machacaban, como si fueran fruta exquisita, a los imbéciles y sus minutos. Porque fueron sus expectoraciones las que arrojaron contra los cristales pedazos de pleura para saludar a los viandantes, decorando con alcantarillas las escaleras que subían a sus escritorios. Porque en los pezones de cada uno colgaron llaves de cárceles con sonajeros embadurnados de la roja leche de las salamandras. Porque tras su huella cayó un fuego, que se extinguió en la carpeta del burócrata. Porque empozó el maíz en el nudo de algún abismo, que ni siquiera tuvo el privilegio de ser el último. Porque aún así alargó la sombra, con necedad y paso cojitranco, como mendigando las merecidas miserias. Porque picoteó, de la sequía a la ceguera, atrayendo la atención de la indiferente estrella. Porque alzó orgullosa sus intestinos, atizand...

En tanto

En cualquier lugar del planeta, en cualquiera de sus grandes ciudades, y, para ser más preciso, en cualquiera de sus múltiples esquinas, alguien se encuentra presto a cruzar la calle, una vez el indicativo del tráfico así lo indique. Dentro de un minuto, todo lo imaginable podrá pasar en su vida, de la que ahora es el brotar de una madeja. Cada gesto, cada paso, cada circunstancia, tanto propia como ajena, estará preñada de posibilidades o imposibilidades, hasta que al fin, en un tiempo del que nada sabemos pero que aparecerá en el momento menos esperado, los hilos de la madeja se disolverán. Termina el suspenso. Termina el minuto concedido. Termina la pausa. Diez segundos antes, ese alguien ve fugazmente su rostro reflejado en un automóvil que pasa cerca de su acera: el semblante está vacío.

De la antípoda

Sé que mi vida es mediocre, por completo. Mi vida es, y ha sido desde mi infancia, la implantada rutina, buscando evitar las inquietudes de lo inesperado, o de la aventura. Mi profesión es un ir y venir predispuesto, que me permite cumplir, pulcro, horarios fijos con sus responsabilidades, y redactar informes precisos. Mi vida afectiva es perfecta: nunca lo he hablado con mi pareja, pero desde los primeros años construimos pactos silenciosos donde, de puertas para adentro, los comentarios fáciles y las labores distribuidas nos permiten, por lo normal, ni amarnos en exceso ni despreciarnos con desespero, como si cada uno fuera un gato del otro. Lo mío no es resignación ni apatía. Algunas personas que alguna vez fueron cercanas –por eso me alejé de ellas: su amistad era excesiva e invitaba a la discordancia– así me lo señalaron. No les di la razón, aunque en aquel momento sin saber por qué. Con todo mi vida, perfectamente apagada, a no ser por el murmullo que inevitable deja cualqui...

Atalanta

Ayer me mordió de nuevo. Como nunca antes conservé la serenidad, pues justo en ese momento me llegó una completa certeza: se trataba de un comportamiento que había sobrepuesto a lo esporádico y caprichoso en sus frecuencias una regularidad medible, verificable. El proceso, en la actualidad, comienza hacia el jueves o viernes, cuando los síntomas hacen su discreta aparición. La pupila se dilate o contrae sin relación alguna con las condiciones lumínicas del momento. La amabilidad que traía desde el comienzo de la semana emana una especie de hálito de ciervo en alerta. Las maderas de la casa empiezan a sufrir contenidos rasguños, disimulados entre el estropicio de los ruidos de la ciudad. En la calmada respiración, como un frustrado ronroneo, apenas perceptible. Todo culmina el sábado en la noche, a más tardar el domingo en tempranas horas. La víctima (esto lo digo desde mi juicioso ejercicio de auto-observación) respira una honda calma, una gran confianza, de manera que el ataq...

De Cuervos y Ángeles

Detrás del ángel, un cuervo. Todo lo que quedó fue un doloroso deseo. Quién de ellas, en su llanto que congestiona la mirada, no hubiera preferido verter lágrimas sobre la tierra familiar al pie del osario merecido, en vez de confundirlas con el lamento frente a la indiferente tropa mientras los cuervos se disputan los restos. Quién de ellos, en su contenida mirada de furia, no hubiera preferido mesarse las barbas en el círculo del patio familiar a la luz de los candiles, en vez de dejarlas agitar al viento vacío del desierto mientras aprietan los puños inútiles bajo las raídas mantas. Detrás del cuervo, un ángel. Inevitable que la noria de los oficios cotidianos oficiara de oferente, con sus discretos tañidos, al día siguiente, al mes siguiente, al año siguiente. En tanto, a quienes les fue arrancado el corazón, siguieron latiendo. Las mujeres tejieron sus trenos en voz baja, y los que curtían sus pies por los caminos polvorosos recogieron aquellos hilos frágiles para dejarlos ...

Pregunta a María.

¡María, María! ¿Estás segura de lo que dices? Es obvio que esto apenas puede ser una reconstrucción de sentido común de lo que fue la primera reacción de los discípulos al enterarse de las palabras de María. Cuáles hayan sido exactamente las palabras de María es otro cantar, e incluso, decir cuál María haya sido.  Los evangelistas canónicos, por lo menos, no proporcionan mayores datos al respecto. En Juan, María Magdalena está desconsolada por la desaparición del cuerpo del Maestro. En Lucas esta María, acompañada de Juana, María de Santiago y “las demás” –que también serían Juanas y Marías–, si bien no encuentran cadáver alguno, por lo menos tienen el privilegio de toparse con dos figuras refulgentes que anuncian “al que está vivo”; por esas cosas del sentido común masculino, el necio de Pedro no comprende nada: se trata de mujeres histéricas, al fin y al cabo. María Magdalena y María son, en Mateo, algo más privilegiadas: después del encuentro con el ángel que les anunci...

Frente al mar

Jesús, el Cristo, abrió los ojos y se encontró frente al mar. Inmenso, con un color ceniza que se encrespaba con lentitud hacia bermejo con la luz que rebotaba en sus pequeñas olas, impulsadas por un débil viento que sacudía sus cabellos. Inabarcable, estando ahí, quizás como siempre había estado durante tantos años y años, guardando secretos olvidados de todos los hombres y mujeres que alguna vez posaron en sus orillas, como él ahora, sentado y desnudo, mirando lo que nunca será visto. Se reflejaba en sus ojos el rumor de mareas y pesares, fija la mirada en cualquier punto, que en todos se sentía el pesado tiempo. Habría venido de ese mar también, como todos, madre primordial que a todos clamaba con su hechizo, canto oscuro de abismos que habían emergido, arrojándose a la vida. Aquel mar de tanto mar, y quizás (¿quizás él?) deseaba que fuera por un momento fuente estancada y clara, sobre la cual inclinarse para reconocer su rostro. Tanto le habían pintado e imaginado que se pensa...

Un sueño

Gemía, revolcándose sobre su cama. La evidencia corporal apunta a un sueño inquieto, del cual ni el cronista ni el evangelista pueden decir una palabra cierta, aunque sea cierto. “¿Qué sueñas Jesús, corderillo mío?”, podría haber dicho María, si ella no estuviera ya muerta, y aún podría consolarlo y Jesús abrazarse llorando a su regazo si no tuviéramos miedo que personajes tan egregios mostraran sentimientos tan comunes –rayando incluso en la cursilería– de humanidad que puedan atentar, de algún modo u otro, con la dignidad realzada que le han otorgado las culturas a través del tiempo, que solo admiten el lloro femenino ante el próximo cadáver, y esto como simple simulación de lo que ya no será cadáver, y la magnífica tranquilidad de un hombre ya ajeno al dolor, que en cada latigazo y golpe conserva su sobrehumana entereza, ejemplo último de humanidad. ¡Ay! , estaba escrito, ¡Ay! , estaba escrito, ¡Ay! , estaba escrito, ¡Ay! , está cumplido: inclinó la cabeza y entregó (con absol...

Un pájaro

Gustaba acercarse de manera discreta, sin ser notado, a los diversos grupos que con espontaneidad se reunían. Caía la tarde, y se apostó en un ventanuco del muro de piedra, protegido por la sombra creciente pero lo suficientemente cerca para escuchar. Observando ahora, recordó al primer hombre, que conoció ya muchos meses atrás. Sus palabras hechizaban y giraban sobre los oyentes como pájaros que buscan las sobras delante de los quicios de las casas. Una vieja costumbre que no ha mucho había adquirido, pasando, no supo cuándo, de escucha a hablador. Creía acordarse de algunas de sus palabras, pero el tiempo se las había desdibujado. Pero, es casi seguro, alguna vez habló de lo mismo que hablaban ahora aquellos hombres reunidos en torno al fuego. El también había conocido semillas y las había visto crecer. Para decir las cosas que había que decir, se miraba las manos y, como todos, allí encontraba los relatos: en un pueblo pequeño, aunque no sea tu oficio el de labrador, igual está...

Saulo prepara su viaje a Damasco

Solía respirar agitado, como una corriente interna que está a punto de convertirse en mortal marejada. Se contenía: tales iras no convenían a un hombre que ha dedicado su vida al estudio de las escrituras. Pero sabía también que su celo iba bien encaminado, aunque parecía percibir una inquietud que anidaba en su corazón, algo así como una piedrecilla en el zapato que le hiciera cojear muy ligeramente. Tres días antes había recibido una misión, y preparaba el viaje. Se encontraba sentado al frente de la casa de Tobías, en su compañía y viendo caer la tarde.  “Sé que es importante la misión que te han encomendado las sinagogas de Damasco”, dijo Tobías, dejando arrastrar su bastón sobre el suelo, como queriendo hacer un dibujo, “pero desconfío de algunos que te acompañan”. Saulo lo miró. Tobías nunca fue un maestro brillante, pero en su opinión era sensato. Saulo te tenía inmenso respeto: sus palabras solían marcar caminos firmes, sin tropiezo alguno. El sol que caía le daba ci...

En Caná de Galilea

Una boda. Fiesta, ornamentos, alegría, todos convocados desde las pequeñas cumbres de sus miserias, envueltos en ellas como festones sobre el cuerpo, para entrar por la pequeña puerta y transformarlas en esa extraña luz hermanable que de pronto olvida y hace crecer brevísimos pastos en ausentes llanuras. Si estamos en Caná de Galilea, y si se trata de los evangelios, es indudable: estamos ante el milagro del vino. Si uno de los personajes se llama Jesús, con más veras: tiene que ser un milagro. Si es un milagro, tiene que ser algo frente a lo cual la pobre lógica humana se excede, proclaman casi todos. El ciego no es casi todos. “Recuerda”, dice, “que yo era ciego, y ahora veo”. “Tranquilo ciego”, dice el teólogo, o el predicador, o el historiador, o incluso un teósofo: “tus palabras serán mejor explicadas por mí”.  Estas cosas venden: el teósofo, hay que decirlo, ha tomado ventaja. Se trata de la verdadera ciencia, explica, tan avanzada que nuestra mentalidad escasa aun n...

Presentimiento

Deja ir la mirada tras la ventanilla del autobús, hasta que la fija por un minuto en un viejo que trota por el parque. Quizás es muy viejo. Quizás levanta demasiado los brazos. El caso es que el autobús detiene su marcha el tiempo suficiente para que el hombre detalle al viejo. Aún no llega la media mañana, por lo que la sombra del viejo en la acera es pronunciada, nítida. Demasiado nítida, piensa el hombre. Sus formas son exactas: las líneas rectas forman figuras geométricas variables que no van acordes a los movimientos del viejo. Avanza de nuevo el autobús; atrás queda el viejo y su sombra maligna. Pocas cuadras faltan para la estación en la que el hombre tiene que bajar. El pánico empieza a crecer en su pecho.

Sueño de la Tía Carmen

Carmen apenas toca la puerta, cuando se abre: su sobrina esperaba. Ambas miradas respiran alegría. «Aún es bella, a pesar de la sepultura hace tantos años», piensa la sobrina. «Hijita», dice Carmen, «siempre los llevo en mi corazón. Pero me tengo que ir, otra vez. Acompáñame a comprar la tela para el vestido nuevo». La sobrina está conforme. Ambas salen. Afuera espera el viejo camión donde los tíos cargaban la leche de la finca a la ciudad. La tía al volante; la sobrina, indicando el camino por entre las estrechas calles de la ciudad desconocida. El tráfico es lento. La sobrina entrecierra los ojos, y los murmullos de voces familiares caen sobre su piel, como entre la niebla que baja de la montaña aún con la temprana virilidad de la tierra. Entrechocan los cántaros soltando el mugido de las vacas recién ordeñadas que reclaman a sus terneros. El vergel cercano respira su vaho entre los ladridos que amenazan con timidez la mica de los abuelos, las hamacas del corredor y las esteras...

Plenario / Discusión

Plenario laboral Todos los hombres suelen reunirse en torno a la Gran Idea, ese viento de metal que algarabea trombas de redondas mesas. Sus voces se alzan en debates y orgullos enfrentados, en proyectos grandiosos que movilizarán el espíritu. Posteriormente, al igual que hacen los perros al término de la jornada de luchas por el hueso, se agrupan en las esquinas y se abrigan, ronroneando la satisfacción del objetivo logrado en tanto se lamen los lomos y los sexos. Discusión hogareña inevitable en medio del amplio arco roca arisca de repente derrumba lo que con paciencia levantado queda la aridez sola impregnando su aliento en toda geografía como agua seca de sabor violáceo parábola invadida

Arriba es abajo, bajo es arriba

En horas nocturnas de largas semanas, decía ella haberse sumergido por entre cavernas sin eco, dejándose llevar por las corrientes subterráneas de una masa acuática pertinaz pero cuidadosa: sin jamás estrellarle contra las rocosas paredes, le acercaba lo suficiente para que apreciara, en medio de la honda oscuridad, el moho que desciende de las tumbas y las herrumbes del primer abandono de la superficie. Por esto al volver, decía ella como un hálito que le alfombraba cada paso del día, de manera que, al caminar entre los árboles invadidos por la melaza olorosa del monte cercano, al rozar su mano las balaustradas con su intenso olor a café o panela regalando fresco al clamor de tantos ojos, no podía menos que sentir un tenso y férreo hilo que hacia abajo le arrastraba como si fuera un cansancio definitivo antes del tiempo.

Crónica del Último Beso de Judas

Mientras los tambores de guerra avanzaban sobre la población europea principiando la década de 1940, regalando a diestra y siniestra los mortales ósculos que redundarían en poco más o menos 70 millones de muertes, Alfred Clement Rush y Arnold Joseph Toynbee publicaban sendas obras tituladas Death and Burial..., donde recordaban la costumbre romana del último beso: el que daban los familiares cercanos al moribundo, para asir el alma en su último aliento. Diecinueve siglos antes, en medio de una situación de desorden social cada vez más creciente, y que años después germinaría en la Gran Guerra Judía con su algo más de millón o millón y medio de muertos, dicen que un hombre se acercó a su maestro para señalarlo con un beso. Décadas después, algunos verían en aquel gesto una secreta revelación merecedora de un Evangelio, y aún centurias seguirían de interminables discusiones sobre su sentido. En tanto el tiempo así acontece entre ir y venir, dos hombres se miran. Algo se va a quebrar...

Crónica del Centurión

Cae vertical la línea del sol. Pétreo, el Centurión trata de concentrar sus sentidos en lo que observa, aunque el hedor le invade cada vez más como presencia tangible. A sus espaldas el grupo de cruces, al cual sólo se acercan perros, cuervos y moscas. Es tal la intensidad del olor, que su vaharada le esboza el desbaratarse de los cuerpos: carnes desprendidas y deshilachadas, el zumbido de las pequeñas reinas negras atafagadas de lo pútrido, tonos rosáceas y grises de los vientres que, como serpientes deformes, caen revueltas hacia tierra para ser disputa de las bestias. De las bestias, su impunidad es defendida por el Centurión y sus compañeros. Los dolientes no han de acercarse ni tener la esperanza de un entierro digno: Roma ni tiene contemplaciones contra los que subvierten el orden, ni remilgos para de cuando en cuando entresacar de la multitud y al azar dos o tres nadies para izarlos como advertencia. Días después, lo poco que quede en aquellos maderos en cruz será dispersado...

Crónica de la Nostalgia

Los milagros del fallecido Juan Pablo II no pertenecen tanto al campo de lo extraordinario o de la fe, sino al horizonte de la nostalgia, de la ternura por los pensamientos añejos, aquellos que parecen exhalar un agrio olor de viejo y nos recuerda las dulces cantaletas de nuestros abuelos, sepultados ya hace tanto tiempo. Quien lee la lista de hechos milagrosos, evoca aquellas ingenuas cadenas de oración que de cuando en cuando llegaban a casa, y las elementales promesas realizadas en sus protagonistas y relatadas con cándido fervor. Murió el Papa y pronto los fieles, amplificados mediáticamente, pidieron su santificación. Pronto los testimonios del actuar milagrero del anciano enfermo y casi impotente de movimientos pulularon. “Stanislao Dziwisz”, contó un diario mexicano, “admitió ser testigo de un estadounidense judío enfermo de cáncer, quién sanó luego de asistir a una misa privada con Juan Pablo II, de quien recibió personalmente la comunión”. Por supuesto: el impronunciable a...