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Atalanta

Ayer me mordió de nuevo. Como nunca antes conservé la serenidad, pues justo en ese momento me llegó una completa certeza: se trataba de un comportamiento que había sobrepuesto a lo esporádico y caprichoso en sus frecuencias una regularidad medible, verificable.

El proceso, en la actualidad, comienza hacia el jueves o viernes, cuando los síntomas hacen su discreta aparición. La pupila se dilate o contrae sin relación alguna con las condiciones lumínicas del momento. La amabilidad que traía desde el comienzo de la semana emana una especie de hálito de ciervo en alerta. Las maderas de la casa empiezan a sufrir contenidos rasguños, disimulados entre el estropicio de los ruidos de la ciudad. En la calmada respiración, como un frustrado ronroneo, apenas perceptible.

Todo culmina el sábado en la noche, a más tardar el domingo en tempranas horas. La víctima (esto lo digo desde mi juicioso ejercicio de auto-observación) respira una honda calma, una gran confianza, de manera que el ataque será más certero y veloz. Golpea entonces, inmisericorde, sin motivo, con la ceguera vertical de un universo que gira porque sí.

Una vez realizada la embestida, se encoge y ensombrece, conteniéndose con discreción en el más alejado rincón de la casa. Muestra entonces tanta humildad y desamparo, que da la perfecta impresión de una cacería inexistente. Empieza a tejer un capullo de hilos blancos y frágiles durante dos o tres días, hasta que eclosiona de nuevo para reiniciar el ciclo de las estrellas oscuras.

La observación realizada lleva a una clara conclusión. Los años han decantado el ciclo, lo han regularizado, y se adivina una nueva fase. Su mordida se transformará: quizás más fiera, quizás más suave, quizás deje de ser mordida. He de esperar lo que traiga los próximos meses, temiendo lo primero pero esperanzado en lo último. En tanto, inicia otra semana, con los sentidos alerta frente a las nuevas transformaciones…

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