...como el águila llevo vigilándote... No sé si esa vieja canción tenía en mente el águila imperial de Augusto. Me imagino que no, pero el efecto es el mismo. Para las clases dirigentes romanas, parte del ethos aceptado era la vigilancia, lo mismo que para las clases bajas, aunque de maneras distintas. He aquí esta vigilancia, haciendo caso omiso de las distancias temporales, tal como la menciona la revista Semana en su edición de hoy 24 de agosto:
Porque cada pájaro estaba embozado bajo un violento azul, intolerable para mis ojos criados en sótanos. Porque allí encontré, en los primeros años, los eternos manuscritos que machacaban, como si fueran fruta exquisita, a los imbéciles y sus minutos. Porque fueron sus expectoraciones las que arrojaron contra los cristales pedazos de pleura para saludar a los viandantes, decorando con alcantarillas las escaleras que subían a sus escritorios. Porque en los pezones de cada uno colgaron llaves de cárceles con sonajeros embadurnados de la roja leche de las salamandras. Porque tras su huella cayó un fuego, que se extinguió en la carpeta del burócrata. Porque empozó el maíz en el nudo de algún abismo, que ni siquiera tuvo el privilegio de ser el último. Porque aún así alargó la sombra, con necedad y paso cojitranco, como mendigando las merecidas miserias. Porque picoteó, de la sequía a la ceguera, atrayendo la atención de la indiferente estrella. Porque alzó orgullosa sus intestinos, atizand...
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