No importa ya la cuenta de los días ni de las noches. Tampoco las disputas de los dioses. Tersites, recostado en tierra y regalando a ella su roja sangre, mira al que le auxilia y saborea su impotente esfuerzo. Cerca está el bramor de los guerreros, y por sobre ellos, los chillidos de las gaviotas atentos a los pedazos que el veloz bronce les ofrece como festín. Termina la ira de Tersites, su atrevimiento, su tristeza, su resignación. Adivina, entre la mirada que se le nubla, que todo volverá. Con el último aliento, sujeta a su auxiliador: “No me olvides, Homero”.
(Son estos dos párrafos de un trabajo que escribo actualmente. Los elaboro sobre una mirada al libro de Marcelo Pakman, Texturas la imaginación ) Evoque el lector esta imagen literaria: algunos momentos después de la revelación que le proporcionó la clave definitiva para desentrañar la escritura de Melquiades, Aureliano Buendía sabría que en realidad era Aureliano Babilonia, el último descendiente de la estirpe. En la lectura de aquellos viejos manuscritos no sólo descifró la historia de sus orígenes, sino que “empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismos en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si estuviera viendo en un espejo hablado”. Su acto de descifrar se acompaña del “viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, del murmullo de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces”. Antes de llegar a los últimos versos y ya en medio del hurac...
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