Entre el blanco y el verde emerge, para atravesar el galope en la carrilera. Al paso va desgranando la piel, cuyos jirones quedan agarrados entre las verticales de los gusanos que han levantado molinos. El ansia de hambre y aleteo alcanza a los reptiles. Gracias a su piel ausente, el cuerpo se deslíe con la llovizna. A lo lejos, en el Omega, una grieta traduce lo que un año después será anunciado en luces de neón. Se trasmutan el relincho y el bufeo entre las teclas de la máquina de escribir, ahora fronteriza, goteando hacia el cierzo fragmentos de intestino. Una cohorte matrimonial aplaude a su paso el camino de excremento que aspira a la dignidad del incienso.
Se suponía un rito sinaítico, pero el caballo decide continuar. No importa que los anillos imperiales hayan perforado sus patas, pues es abundante la vegetación de ojos picoteados por ascensores, y giran las torres con orejas y dientes por eje. Decisión afortunada: se entreteje la quejumbre, y el moho acontece.
Porque cada pájaro estaba embozado bajo un violento azul, intolerable para mis ojos criados en sótanos. Porque allí encontré, en los primeros años, los eternos manuscritos que machacaban, como si fueran fruta exquisita, a los imbéciles y sus minutos. Porque fueron sus expectoraciones las que arrojaron contra los cristales pedazos de pleura para saludar a los viandantes, decorando con alcantarillas las escaleras que subían a sus escritorios. Porque en los pezones de cada uno colgaron llaves de cárceles con sonajeros embadurnados de la roja leche de las salamandras. Porque tras su huella cayó un fuego, que se extinguió en la carpeta del burócrata. Porque empozó el maíz en el nudo de algún abismo, que ni siquiera tuvo el privilegio de ser el último. Porque aún así alargó la sombra, con necedad y paso cojitranco, como mendigando las merecidas miserias. Porque picoteó, de la sequía a la ceguera, atrayendo la atención de la indiferente estrella. Porque alzó orgullosa sus intestinos, atizand...
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