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Crónica de la frontera


Le ha precedido lentos latidos en el aire, pero ahora se asoma. Una informe masa cuyos ojos, carbones áureos, fijan la mirada. Tras un instante, como para que se palpe su presencia a través del enrarecido aire, avanza el bípedo mitológico. Tambor cuyo retumbar lento y espeso se expande en breves e intensas oleadas, trayendo consigo el relieve gris y áspero de su piel, a la manera de un latigazo que estremece la llanura. A cada paso se agiganta, en tanto el pasto mineral cierra toda posible huida. Se abalanza. Cae el latido y estalla. Es agua, es sudor, y meciendo las lápidas que se han abierto a la finitud del cuarto de huéspedes, era sueño. La respiración se acompasa, percibiendo los olores cotidianos, extrayendo del aire los ruidos nocturnos y familiares que, horas después, eclosionarán en la flor estulta del día a día cualquiera. El amanecer está cerca, pero las suaves cobijas invitan a retomar la oscuridad. No va a ser posible: la puerta que da al corredor se queja quedamente, empujada por un oscuro latido, por una breve lumbre de carbón.

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