Ir al contenido principal

Seis escenas, un hombre (4 de 6)


4. ESCALERA.
Si fueran las mismas o no que por primera vez pisara, era algo de lo que sus pies tendrían que dar cuenta. Pero ahora vacilaba. La simple verticalidad vislumbrada a través de la ventana y, ahora de vuelta, las ondas regulares de algún viejo sabor en la piedra, se le hacían signo de tenue carcajada. Pero era menester continuar. Era un compromiso.
Con lentitud, al amparo del vaho quieto de la niebla que desde la calle se asomaba por la ventana como brote del muérdago en el primer trazo del escolar, el hombre dejó venir la presencia de la escama. Se asemejaba ésta, evocó en su interior, a la breve aspiración del primer anhelo, que se deslizaba hacia una oscuridad con pretensión de marca. El pie tanteó sus límites, como animal hambriento y asustado, y se posó por fin firme, inevitable para el paso siguiente. Este se fue alzando como velamen, hinchando su gota pétrea y el desasosiego del chapitel, anhelando pronto la seguridad de la talla; en rápido olvido cayó por fin, e impulsando a su mellizo, dio inicio a la regularidad de la dirección.
«Desciendo», murmuró el hombre. «Desciendo, desciendo, desciendo», siguió repitiendo, en letanía, con pausa y cálculo. Tal fervor podría ser calificado de confianza otorgada o, a lo sumo, de vetusto y protéico aferrarse a celosas tonadas emitidas por alguna vez un otro. Esto era negado de inmediato por lo crudo de cada semilla que conformaba la apretada cosecha del granito, pájaro vertical punzando la pared y superficie en conjunto receptor de lo acuoso. Se debería decir, mejor, que no era éste ni siquiera un motivo de huella, dada su condición para el vientre del pantano, sino un reflector de la dureza demasiado tímida para explayarse por sobre el mundo como una llovizna, dureza originada en ignotas razones.
El hombre murmuraba, aunque quien adquiría presencia eran los escalones y las erecciones que limitaban, ahora a su izquierda, la vertical. Cada escalón recibía las plantas de los pies, como en pequeño rito, midiendo su desnudez y pronunciando un nuevo patrón, buscando la posibilidad de un ritmo interno que atemperara y silenciara las vibraciones de aquella vida para invitarla a la integración permanente, que no eterna, que de largos y silenciosos años. Las paredes, rozadas por los coartados calamares, por aquellos muñones amorfos de alas, expulsaban el moho de las sobaquinas que le alzaron, y lo dejaban como al recuerdo, como el mojón de una ruta posible pero inevitable, como el grito de un líquido que perece en el metal. En conjunto, un marco para el descenso que encauza el mismísimo descendimiento.
Dos convergentes se presentaban, por decirlo así, dos líneas que en su bajada se curvan y se trenzan mutuamente, hasta que el ojo pierde capacidad de distinguir los límites de cada una de las espirales. Piedra y carne, cada una cruzándose, y en cada cruce por un momento pensando ser aquello otro imposible que fuera alguna vez. Se comprende su sorpresa y desazón, pero también se desnuda la posibilidad de la literatura. Hay que advertir que tanto el hombre como la piedra no se hacían ilusiones al respecto: aquel, en la conciencia de su urgencia por cumplir lo signado, le estaba vetado adquirir la condición permanente de una sólida presencia sobre los énfasis de las miríadas de las breves oropéndolas y remolinos de los tejidos de la alfombra; a éste, desde la geometría que le era inevitable, le era prohibido desleírse en las argucias de la flexibilidad orgánica. Ambos podrían haber intentado superar el impasse en el inesperado giro de una veloz estocada divina, pero sus mutuas prohibiciones se lo impedían. De esta manera, como distantes que alzan su ausencia al frente uno del otro, gemían hacia el destino común, el descenso.
Ya se acercaba al final de la escalera. Un último esfuerzo le permitió desprenderse, aunque con la resaca de un moho viscoso cuya frialdad anunciaba la aplastante presencia del vahído, del vacío, que de nuevo le esperaba fuera. Con respiración agitada ahora, el hombre corrió los últimos tramos, empujó las puertas, y de nuevo se encontró en la calle. Allí, la permanente y ceniza lluvia le recibió, madre amorosa que no abandona a su hijo para bañarlo en su pútrida salvia, proporcionándole el estrecho sentido de pertenencia a la tierra y su nada, y la estolidez necesaria para saber siempre separado su destino por la horizontalidad del asfalto.
Como música interna, saltaba perentoria en la cabeza del hombre el recuerdo de la orden evidente: ahora de nuevo, fuera de aquella construcción cuya dura presencia empezaba a mostrar la imagen de una flama oscura. El hombre recuperaba sus sentidos. En una esquina lejana alcanzó a vislumbrar los ropajes que desnudaban aquello que no fue, que evocaban su primer momento ya imposible de invertir, que informe montón carecía de la primera línea vertical de luz que le llamó a su misión. Alzó la vista, ojos entrecerrados, dando la vuelta, y, de las difusas pero presentes paredes del edificio, bramó la ventana como el aspirar de un viejo moribundo. Supo el hombre de su descenso, supo que en aquel momento, de lo alto bajaba él, bajaba la piedra, bajaba la defecación de los feligreses del templo alzado, bajaba la sangre de las batallas del arcángel, bajaban los testigos de los gemidos de los mareos atrapados en los muros de las ciudadelas, bajaban las ajenas estaciones que acompañaron al lecho de todas y cada una de sus muertes.
Si, como escribano, la humedad testificaba el descenso realizado, era hora de culminarlo, internándose en el desierto. «Es perentorio», se convenció el hombre. Con una gran aspiración, en cuyo aire sintió la vibración quieta y metálica de las alas replegadas de los aceros de la ciudad, se agachó. Sus manos buscaron la alcantarilla, y lastimándose los dedos, la alzaron. Una boca desdentada le recibió.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una segunda oportunidad

(Son estos dos párrafos de un trabajo que escribo actualmente. Los elaboro sobre una mirada al libro de Marcelo Pakman, Texturas la imaginación ) Evoque el lector esta imagen literaria: algunos momentos después de la revelación que le proporcionó la clave definitiva para desentrañar la escritura de Melquiades, Aureliano Buendía sabría que en realidad era Aureliano Babilonia, el último descendiente de la estirpe. En la lectura de aquellos viejos manuscritos no sólo descifró la historia de sus orígenes, sino que “empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismos en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si estuviera viendo en un espejo hablado”. Su acto de descifrar se acompaña del “viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, del murmullo de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces”. Antes de llegar a los últimos versos y ya en medio del hurac...

De mi casa: diciembre 1991 (1 de 9)

CANTO A LA CASA MÍA En memoria de Aquiles Nazoa. 1. Mi casa es un banano grande Que pelas poco a poco poniendo al aire su amarilla pulpa Y luego partes en rodajas sobre un platico Para cubrirlo de leche condensada y comértelo. Mi casa es una gaseosa fría Que destapas y te tomas frente al televisor Sin querer pensar en nada más. Mi casa son unos lindos libros Que abres y lees y te asombras de aquellas palabras Que bailan en la página y te hacen cosquillas en los pies. Mi casa es un sofá Donde te sientas a fumar (porque ya eres grande) Y miras el espiral del humo pensando que son tus amigos Que no han llegado (porque aún eres niño). 2. Mi casa son mis hermanos Que siempre peleaban y se sacaban la lengua Y hoy, tan decentes que son, Quisieran volver a expresar así el cariño. Mi casa es mi mamá, Pequeña hormiguita preocupada y trabajadora, De risa miel, per...

EN TANTO LLEGA LA MUERTE: Vuelta de hoja sobre Un judío marginal, de John P. Meier (2)

2. Seis estructuras. Lo escrito la semana pasada bien puede considerarse una subjetividad contenida en UJM (el acrónimo de Un Judío Marginal que aquí uso): el enunciador del discurso se presenta, en UJM, como aquel que hace una verdadera aproximación científica (porque es objetiva, expulsando su subjetividad) y lo más completa posible a su objeto de estudio, el Jesús histórico. Tal es la razón de fondo de tres imágenes (laguna, margen, cónclave) que el lector encuentra, y seguramente encontrará, en los actuales y futuros tomos de UJM. Pero UJM contiene, además, estructuras , moldeadas desde aquella subjetividad contenida (y negada en el discurso de UJM). Si entendemos las estructuras como elementos reiterativos que conforman el sentido explícito del texto, seis son las que han sido fundamentales en la publicación de UJM, y que por su reiteración en los diferentes tomos, lo seguirán siendo en futuras publicaciones. La primera estructura es la intención explícita de UJM: enf...