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Crónica de un Museo


Primera galería:
La lluvia es negra, y cae sobre un inmenso estercolero. Se han alborotado miríadas de caballitos del diablo que mugen al sobrevolar el ojo abandonado en mitad del basural y cuyo iris se extiende hasta la frontera del mundo. Hilando sus bordes, el dios marchito ha tejido un túnel de amapolas marchitas que marcan el compás de colmillos de elefantes, patas de águilas huérfanas y dos o tres ecuaciones que ayudan a trasparentar la atmósfera. Como de repente, una anguila de piedra asoma, se infla, estalla, y sus restos se deslíen formando pequeñísimos falos que se arrastran, obvios gusanos grises sobre el fango, hasta las mejillas del andrógino que yace al fondo de la cueva fronteriza al cementerio y a la cabina telefónica. En torno, aquí y allá, tratos y maltratos que se pretenden eternos, todos ellos como en fuente alzándose en verde color, gestándose como canoa una vez, otra como rinoceronte, otra como palanca de tractor, y siempre con la intención de hacer cosquillas al payaso insomne que vende almuerzos. Vuelan de repente las amapolas, se deshace el túnel y el ojo, huérfano, recréase en vientre y cielo, burbujeando para permitir el nacimiento de Venus. Ella abre los ojos y mira, tiránica y enfurecida: su oreja izquierda aletea frescores a los fragmentos de las bestias, el labio leporino deja caer la baba sobre los senos fermentados por batracios, y huye la nariz buscando no pertenecer a su dueña. Un fuego crece, la carboniza y la diluye, devolviéndola al aire, para iniciar otra vez el ciclo.
Segunda galería:
El maullido, piensa ese hombre, es de una vaca, y marca el ritmo de sus pasos. Descoordinados de éstos, siete soles amarillos giran sin orden borrando la ilusión de un cielo azul profundo. Se corresponden siete calendarios de papel, colgados en paredes sobre las que corren tapires con sendos ángeles negros como jinetes. Por el piso se abren cucarachas, de las cuales emergen baúles, los cuales se hinchan y desbordan aceite. Teme ese hombre: ayer vomitó partes de caballos, y sólo logró tentáculos de calamar y patas de moscas cubriéndolo de brea. Pisa las cucarachas y ataja un ángel, buscando evitar. Pero enseguida su carne es prendida por ganchos celestes, y pájaros ígneos lo abren. Aúlla, y tiene la certeza que el próximo transeúnte le confundirá con un gato.
Tercera galería:
Midiendo cada milímetro para lograr el punto equidistante, se eleva el rinoceros en el lento bloque de granito y entre el temprano rocío. No se sorprende la mujer: tan sólo se limita a cerrar la obviedad de su paraguas, ahogando la razón de ser de las varillas de aluminio; lo dobla y lo guarda en la cuenca de su ojo y, puesto éste en la palma de la mano, es dirigido hacia el punto que desciende de lo alto.
Es el momento de la revelación. El ojo tiembla mientras su hermano, aún en su cuenca, lo alienta a recibir al dios descendente. La mano o el ojo, no se sabe, expele un vaho azul que se arremolina con lentitud; ambos adquieren su propia gracia, para empezar a ascender, en tanto los edificios vecinos, curvados por los años, entonan las avemarías que quiebra la paz de los hospitales.
Ojo y mano, ahora fundidos, alcanzan gran altura. Con abundancia mea la mujer, y submarinos viejos y perdidos emergen. Un equilibrio delicado se avista. El rinoceros ensarta por el centro de su pupila al ojo, con gran reverencia: con delicadeza, ambos suben en sus gemidos hasta estallar. Queda el ojo ciego y desorientado el rinoceros, mientras el lucero radiante del alba cubre con su fuego la madrugada.

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