Ir al contenido principal

Traspapelados: papeles de 1986 (1)


Volviéndolos a leer y trascribiéndolos, me acordé de su origen. En 1986 los compañeros de salón realizábamos una actividad de alfabetización, obligatoria dentro de la formación escolar. Un pequeño grupo nos dirigíamos una vez a la semana a un barrio de invasión, relativamente nuevo en aquel entonces, llamado Belisario. Algunas impresiones de esas visitas quedaron plasmadas en estas líneas.


***
Con una triste imagen la nostalgia me ha invadido. Me dirijo a casa. Un golpe de pronto, como si algo dentro de mí fuera ojo herido por el sol inclemente: recuerdo a la amiga que ahora deseo a mi lado, a las personas que han pasado por mi vida, pequeños detalles entre risas y llantos y abrazos. Todo es una misma cosa, y como preludio de todo ello de nuevo en un futuro incierto. Recuerdo un canto: Ganarás el pan con el sudor de tu frente, y la luz con el dolor de tus ojos. Salir a ver. Ver, y encontrar vida. Tomar cerveza. Chapotear en el barro.

***
Lluvia. Hermana. Acompaña y refresca. Desciende y pica, débil, el rostro, para anunciar su presencia. Aquí y allá, ratas: la prostituyen; la dotan de ropajes deslumbrantes, de manera que, al caer, es barro que rueda suelto y tenaz entre montañas y cielos, torrente. La choza está tumbada entre la tierra, de la tierra se alza un hombre furioso, puño en alto, maldiciendo la lluvia. Pero ella es hermana. Limpia. Las ratas la prostituyeron.

***
Soñando encontré la mar,
despierto eternidad.
Un solo día ahogado
encontré mi cadáver;
lo alcé, lo limpié, resucitó con el destello de luna.
Fue nuevo día. Alcé vuelo para sentir luego el peso de la noche. Los mundos allí eran irreales, pero tan ciertos. Un pantano oscuro, por ejemplo: dentro, un hombre labraba esperando que llegara la luna, pero se hundía con lentitud en el fango. Un escarabajo boca abajo, luchando con desespero por voltear y volver a caminar. En un agujero negro, una rata del mismo color de la oscuridad se hundía más y más, huyendo del gato que acechaba. En una esquina miles y miles de hombres y mujeres, y en la otra hombres y mujeres de miles y miles. Un arquero rojo. Una flecha azul. Un blanco blanco. Todo estaba allí.

***
Barro y sol.
Barro de barrio.
Mira al niño tendido en la calle con su sangre sola.
Mira al hombre que mira al niño tendido en la calle con su sangre sola.
Ese hombre que mira esa sangre sola
busca en el barro de su rancho una manta de silencio
para tenderla en el barrio de su barrio y recoger la sangre aquella que ya no es aquella sino suya
porque esa sangre se ha atragantado en su garganta y secado en su sangre.

***
Muchos niños saben qué es y cómo se forma el arcoíris, como tantos otros ni saben ni cómo: de preguntar tiempo no tienen. Sus hombros guardan las preguntas bajo el peso del agua, del ladrillo, del recado, de la limpieza, de la mendicidad. Sus hombros son tantos para una sola pregunta por el arcoíris.

***
Ganarás la luz, leía entonces. Me acordé que la lluvia es santa, como lo son la noche, el temor, la oscuridad, la misma muerte. Fuego, de pronto diría León Felipe, que nos dora con lentitud para hacer un místico pan a ser devorado en el banquete divino por los hambrientos, todos esos sembradores, segadores, recolectores, amasadores, a cuyo cuerpo está destinado el amor para que se muten definitivamente en Palabra.

***
Óyeme, amigo: en un silencio profundo, de tanto que ni las sombras hagan ruido, óyete. Quizás percibas por primera vez un raro murmullo, como hormiga que sube por tu cuello; sus cosquillas afloran en tu memoria la emoción que aquel atardecer que mirabas desde el triste quicio de un rancho miserable en medio de otros similares, sobre la loma. La luz que llegaba directo a los ojos no te cegaba. Tal era tu deseo de aspirarla, que tus pupilas se resistían al castigo de los látigos solares. Luego volviste la cara hacia dentro, sin perder el sabor, hacia el hombre que visitabas. Era el dueño de ínfimos y sucios enseres, reyezuelo sostenido sobre sus muletas carcomidas que hacían de cadena para no dejarlo salir de aquel rancho; no sólo aguantaba sus penas y enfermedades, sino las de sus hijas y las de sus nietos, como fiero guardián del hogar de la desgracia invadido por el polvo seco o el barro amarillento que regalaba la lluvia. Con su mano libre, sostenía un desportillado pocillo con tinto, ofreciéndotelo con una sonrisa. Con una sonrisa.
Y sí: sonreía.
Creíste adivinar el fulgor de sus ojos. Barro. Miseria. Oscuridad. Alegría sin embargo. Esperanza.
Ese fulgor te deslumbró más que aquel que minutos antes mirabas. Era como un líquido concentrado en medio de un planeta. Como un deslumbre que te ciega poco a poco, que te envuelve en sombra, que te evoca un silencio profundo como hormiga consquilleante subiendo por tu cuello, escuchando la fe del barro santo.

***
Llueve. Aquí, cuando llueve, el barro no es juego: es suciedad, lodo que arrasa, combate mortal para que no te invada tus pocos enseres que te ayudan a malvivir. Pero el barro es santo y la lluvia es santa, santidad que roen las ratas en su actuar diligente. Queda la pequeña lucha y el pequeño grito. Lo impresionante es que aún en medio de la fealdad de este barro, se deja entrever su santidad. Así, en medio de las calles desnudas, mal trazadas, polvorientas o apelmazadas, florecen pequeños y hermosos jardines de pasto pequeño, verde, tímido, casi insulso, y arbustos medio desgreñados y sucios, y caras rotosas que tenazmente los cuidan, defendiéndolos de aquel barro sucio, barro lodo, sin saber pero intuyendo que es barro santo. Insisten con una fe que es la fe del barro santo, una fe que sabe que algún día el barro sucio será transformado en barro santo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Razones

Porque cada pájaro estaba embozado bajo un violento azul, intolerable para mis ojos criados en sótanos. Porque allí encontré, en los primeros años, los eternos manuscritos que machacaban, como si fueran fruta exquisita, a los imbéciles y sus minutos. Porque fueron sus expectoraciones las que arrojaron contra los cristales pedazos de pleura para saludar a los viandantes, decorando con alcantarillas las escaleras que subían a sus escritorios. Porque en los pezones de cada uno colgaron llaves de cárceles con sonajeros embadurnados de la roja leche de las salamandras. Porque tras su huella cayó un fuego, que se extinguió en la carpeta del burócrata. Porque empozó el maíz en el nudo de algún abismo, que ni siquiera tuvo el privilegio de ser el último. Porque aún así alargó la sombra, con necedad y paso cojitranco, como mendigando las merecidas miserias. Porque picoteó, de la sequía a la ceguera, atrayendo la atención de la indiferente estrella. Porque alzó orgullosa sus intestinos, atizand...

EN TANTO LLEGA LA MUERTE: Vuelta de hoja sobre Un judío marginal, de John P. Meier (2)

2. Seis estructuras. Lo escrito la semana pasada bien puede considerarse una subjetividad contenida en UJM (el acrónimo de Un Judío Marginal que aquí uso): el enunciador del discurso se presenta, en UJM, como aquel que hace una verdadera aproximación científica (porque es objetiva, expulsando su subjetividad) y lo más completa posible a su objeto de estudio, el Jesús histórico. Tal es la razón de fondo de tres imágenes (laguna, margen, cónclave) que el lector encuentra, y seguramente encontrará, en los actuales y futuros tomos de UJM. Pero UJM contiene, además, estructuras , moldeadas desde aquella subjetividad contenida (y negada en el discurso de UJM). Si entendemos las estructuras como elementos reiterativos que conforman el sentido explícito del texto, seis son las que han sido fundamentales en la publicación de UJM, y que por su reiteración en los diferentes tomos, lo seguirán siendo en futuras publicaciones. La primera estructura es la intención explícita de UJM: enf...

Un apunte, pensando en Medellín del Ariari

Estiró la mano. Ella sola buceó entre la espesura del calor y, al acercarse al vaso, el vaho del hielo le alcanzó a producir un pequeño escozor. En ese instante de pocos centímetros, antes de posarse sobre la superficie del vidrio, evocó un pasado imaginado en el que caminaba por una playa, sola, con un vestido ligero que le permitía sentir con fuerza el frío de la brisa que barría la superficie. El recuerdo se esfumó. Frente a sus ojos y hacia sus labios, ahora, se acercaba el vidrio modelado conteniendo el agua con hielo. Un frescor quedaba iniciado en su mano derecha, como queriendo reptar por su brazo, y empezaba a deslizarse por entre sus labios. Desde el centro que conformaba el cristal, y más allá de él, se desplegaba la apremiante aridez, de la cual todo parecía querer testificar: el vestido de flores tristes que envolvía su piel; la mecedora oxidada sobre la cual reposaba; la tierra seca pero aún con matojos de hierba triste; los límites de las callejuelas alguna vez traz...