Ir al contenido principal

Copy-Paste: Subrayados del derrumbe (y 2)

Achebe Chinua: Todo se derrumba. Termino lo iniciado la semana pasada: algunos de mis subrayados.

De la espera: (extracto del sexto capítulo)
Todavía no habían llegado los luchadores, y los tamborileros dominaban la situación. También ellos estaban sentados frente al gran círculo de espectadores, frente a los ancianos. Detrás de ellos estaba el árbol bómbax, enorme y antiquísimo, que era sagrado. En aquel árbol vivían los espíritus de los niños buenos que esperaban a nacer. En los días de diario las mujeres jóvenes que querían hijos iban a sentarse a su sombra.
Había siete tambores y estaban ordenados por tamaños en un largo cesto de madera. Tres hombres los golpeaban con palillos e iban febrilmente de un tambor a otro. Estaban poseídos por el espíritu de los tambores.

De la colonización: (extracto del capítulo 20)
— ¿Entiende el hombre blanco nuestras costumbres acerca de la tierra?
— ¿Cómo va a entenderlas, cuando ni siquiera habla nuestro idioma? Pero dice que nuestras costumbres son malas, y nuestros propios hermanos que han adoptado su religión también dicen que nuestras costumbres son malas. ¿Cómo crees que podemos luchar, cuando nuestros propios hermanos se han vuelto contra nosotros? El hombre blanco es muy listo. Llegó aquí tranquilo y pacífico, con su religión. Nos reímos de sus tonterías. Y le dejamos quedarse. Ahora se ha llevado a nuestros propios hermanos y nuestro clan ya no puede actuar unido. Ha metido un cuchillo en las cosas que nos mantenían unidos y nos hemos derrumbado.

Érase una vez: (extracto del capítulo 11)
Le tocaba el turno a Ekwefi de contar un cuento.
— Érase una vez —empezó— que se invitó a todos los pájaros a una fiesta en el cielo. Estaban contentísimos y empezaron a prepararse para el gran día. Se pintaron las alas de camote rojo y se hicieron unos dibujos preciosos en ellas con uli.
»La Tortuga vio todos aquellos preparativos y en seguida descubrió de qué se trataba. Nunca se le escapaba nada de lo que pasaba en el mundo de los animales; era muy astuta. En cuanto se enteró de la gran fiesta en el cielo le empezó a picar la garganta nada más que de pensar en ella. Era una época de hambre y hacía dos lunas que la Tortuga no comía bien. En el caparazón vacío el cuerpo le claveteaba como un palo seco. De manera que empezó a pensar en cómo iría al cielo.»
— Pero no tenía alas —dijo Ezinma.
— Ten paciencia —contestó su madre—. Ese es el cuento. La Tortuga no tenía alas, pero se fue a ver a los pájaros y les pidió que la dejaran ir con ellos.
»—Ya te conocemos —dijeron los pájaros cuando la oyeron—. Eres muy astuta y eres desagradecida. Si te dejamos venir con nosotros en seguida empezarás a hacer maldades.
»—No me conocéis —dijo la Tortuga—. He cambiado mucho. He comprendido que quien crea problemas a los demás acaba por creárselos a sí mismo.
»La—Tortuga sabía hablar muy bien y al cabo de poco rato los pájaros quedaron convencidos de que había cambiado mucho, y cada uno de ellos le prestó una pluma con las que se hizo dos alas.
»Por fin llegó el gran día y la Tortuga fue la primera en llegar al punto de la reunión. Cuando se juntaron todos los pájaros, se marcharon en un gran grupo. La Tortuga estaba muy contenta y charlaba mucho mientras volaba entre los pájaros, y pronto la eligieron para que fuese la oradora de la fiesta, porque hablaba muy bien.
»—Hay una cosa muy importante y que no debemos olvidar —dijo, mientras iban volando—. Cuando se invita a la gente a una fiesta así, toman nombres nuevos para la ocasión. Nuestros anfitriones del cielo esperarán que sigamos la costumbre.
»Ninguno de los pájaros había oído hablar de esa costumbre, pero sabían que la Tortuga, pese a sus defectos en otros sentidos, había viajado mucho y conocía las costumbres de diferentes pueblos. De forma que cada uno de ellos tomó un nombre. Cuando todos lo tuvieron, la Tortuga también tomó uno. Se iba a llamar Todos Vosotros.
»Por fin llegó el grupo al cielo y sus anfitriones se alegraron mucho de verlos. La Tortuga con su plumaje multicolor, se puso en pie y les dio las gracias por la invitación. Su discurso fue tan elocuente que todos los pájaros celebraron haberla traído y asintieron con las cabezas para mostrar su aprobación a todo lo que decía. Sus anfitriones creyeron que ) era el rey de los pájaros, sobre todo porque parecía distinguirse en algo de los demás.
»Después de sacar y comer nueces de cola, las gentes del cielo pusieron ante sus invitados los platos más deliciosos que jamás había visto ni soñado la Tortuga. Trajeron una sopa caliente del fuego y en la misma olla en la que se había hecho. Estaba llena de carne y de pescado. La Tortuga empezó a resoplar muy hondo. Había ñame molido y además potaje de ñame cocinado con aceite de palma y pescado fresco. También había cántaros de vino de palma. Cuando estuvo todo puesto ante los invitados, uno de los anfitriones del cielo se adelantó a probar un poco de cada olla. Después invitó a los pájaros a comer. Pero la Tortuga se puso en pie de un salto y preguntó:
»—¿Para quién habéis preparado todo esto?
»—Para todos vosotros —respondió el anfitrión.
»La Tortuga se volvió hacia los pájaros y les dijo:
»—Recordad que ahora me llamo Todos Vosotros. Aquí la costumbre es servir primero al orador y después a todos los demás. Os servirán a vosotros cuando haya terminado yo de comer.
»Empezó a comer y los pájaros empezaron a gruñir enfadados. La gente del cielo pensó que debían tener la costumbre de darle toda la comida a su rey. De manera que la Tortuga se comió casi toda la comida y después se bebió dos ollas de vino de palma, así que se llenó de comida y de bebida y el cuerpo se le infló y le llenó la concha.
»Los pájaros se reunieron a comer lo que quedaba y a picotear los huesos que la Tortuga había dejado por el suelo. Algunos de ellos estaban tan enfadados que no quisieron comer. Prefirieron volver volando con el estómago vacío. Pero antes de marcharse cada uno recuperó la pluma que le había prestado a la Tortuga. Esta, que era una tortuga macho, pidió a los pájaros que le llevaran un recado a su esposa, pero todos se negaron. Al final, el Loro, que había estado más enfadado que los demás, cambió de pronto de opinión y aceptó llevar el recado.
»—Dile a mi esposa —dijo la Tortuga— que saque todas las cosas blandas que hay en mi casa y que las ponga por todo el recinto, de forma que pueda llegar de un salto desde el cielo y no hacerme daño.
»Y el Loro prometió llevar el recado y se echó a volar. Pero cuando llegó a la casa de la Tortuga le dijo a su esposa que sacara todas las cosas más duras que había en la casa. De forma que la esposa sacó las azadas, los machetes, las lanzas, las escopetas y hasta el cañón de su marido. La Tortuga miró desde el cielo y vio que su esposa sacaba cosas, pero estaba demasiado alto para ver lo que eran. Cuando le pareció que ya había sacado todo dio el salto. Cayó y cayó y cayó hasta que empezó a temer que se iba a pasar la vida cayendo. Y después cayó en el recinto con un ruido como el de su cañón.»
— ¿Y se murió? —preguntó Ezinma.
— No —respondió Ekwefi—. Se le hizo pedazos la concha. Pero en el vecindario había un gran chamán. La esposa de la Tortuga envió a buscarlo y él recogió todos los trozos de concha y los pegó. Por eso tiene tantos pedazos la concha de la Tortuga.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Razones

Porque cada pájaro estaba embozado bajo un violento azul, intolerable para mis ojos criados en sótanos. Porque allí encontré, en los primeros años, los eternos manuscritos que machacaban, como si fueran fruta exquisita, a los imbéciles y sus minutos. Porque fueron sus expectoraciones las que arrojaron contra los cristales pedazos de pleura para saludar a los viandantes, decorando con alcantarillas las escaleras que subían a sus escritorios. Porque en los pezones de cada uno colgaron llaves de cárceles con sonajeros embadurnados de la roja leche de las salamandras. Porque tras su huella cayó un fuego, que se extinguió en la carpeta del burócrata. Porque empozó el maíz en el nudo de algún abismo, que ni siquiera tuvo el privilegio de ser el último. Porque aún así alargó la sombra, con necedad y paso cojitranco, como mendigando las merecidas miserias. Porque picoteó, de la sequía a la ceguera, atrayendo la atención de la indiferente estrella. Porque alzó orgullosa sus intestinos, atizand...

EN TANTO LLEGA LA MUERTE: Vuelta de hoja sobre Un judío marginal, de John P. Meier (2)

2. Seis estructuras. Lo escrito la semana pasada bien puede considerarse una subjetividad contenida en UJM (el acrónimo de Un Judío Marginal que aquí uso): el enunciador del discurso se presenta, en UJM, como aquel que hace una verdadera aproximación científica (porque es objetiva, expulsando su subjetividad) y lo más completa posible a su objeto de estudio, el Jesús histórico. Tal es la razón de fondo de tres imágenes (laguna, margen, cónclave) que el lector encuentra, y seguramente encontrará, en los actuales y futuros tomos de UJM. Pero UJM contiene, además, estructuras , moldeadas desde aquella subjetividad contenida (y negada en el discurso de UJM). Si entendemos las estructuras como elementos reiterativos que conforman el sentido explícito del texto, seis son las que han sido fundamentales en la publicación de UJM, y que por su reiteración en los diferentes tomos, lo seguirán siendo en futuras publicaciones. La primera estructura es la intención explícita de UJM: enf...

Un apunte, pensando en Medellín del Ariari

Estiró la mano. Ella sola buceó entre la espesura del calor y, al acercarse al vaso, el vaho del hielo le alcanzó a producir un pequeño escozor. En ese instante de pocos centímetros, antes de posarse sobre la superficie del vidrio, evocó un pasado imaginado en el que caminaba por una playa, sola, con un vestido ligero que le permitía sentir con fuerza el frío de la brisa que barría la superficie. El recuerdo se esfumó. Frente a sus ojos y hacia sus labios, ahora, se acercaba el vidrio modelado conteniendo el agua con hielo. Un frescor quedaba iniciado en su mano derecha, como queriendo reptar por su brazo, y empezaba a deslizarse por entre sus labios. Desde el centro que conformaba el cristal, y más allá de él, se desplegaba la apremiante aridez, de la cual todo parecía querer testificar: el vestido de flores tristes que envolvía su piel; la mecedora oxidada sobre la cual reposaba; la tierra seca pero aún con matojos de hierba triste; los límites de las callejuelas alguna vez traz...