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Casa de citas: La arboleda perdida (5)

Las citas provienen de La Arboleda Perdida (Barcelona: Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2003. Parte 1 y Parte 2) de Rafael Alberti. El título que acompañan al fragmento transcrito es mi propia arbitrariedad, que así imagina lo que contiene la palabra propuesta. 

Reliquia:
Visitaba con mi hermano Agustín [En Medina del Pomar] su hermosa colegiata. El la iglesia, el viejo sacristán (…) se detuvo, solemne, ante el sagrario del altar mayor: un áureo y relampagueante joyel rodeado de reliquias.
- Aquí se encierra -susurraba, despacio, el vejete- la esquirla de un hueso de san Francisco. Aquí un diente de san Blas, abogado de los dolores de muelas. Aquí una aguja de la Virgen. Aquí una lágrima de San Juan. Aquí…
Se calló, de pronto, dejándonos suspendidos el aliento. Había llegado al  centro del sagrario. Junto a su dedo, romo y sucio, resplandecía con más vigor el pequeño aposento de otra reliquia.
- Aquí… ¿a que no saben ustedes lo que hay?
Gran silencio interrogativo por nuestra parte.
- Pues aquí se conserva nada menos que el prepucio de Cristo.
Hasta Agustín soltó la carcajada.
- No se rían ustedes. ¡El verdadero prepucio de Cristo! (…) El verdadero -repitió-, pues el que se venera en la catedral de Jaén es falso. (pp, 255)

Rito:
Pues lo que pasa, don Rafael, es extraordinario, aunque cruzado a veces con lo desagradable, como esto de los espiritistas de Iznájar. Podría contarle sobre ellos muchas historias, pero le referiré una tan sólo (…). Su mejor título sería: El medio más seguro para hallar un tesoro. Cierto viernes (…) los espiritistas, muy en secreto, llaman a sesión, que puede celebrarse en alguna casa del pueblo, aunque por lo general se realiza en algún sitio (cueva o casa) perdido entre estos montes. Ya reunidos, y completamente a oscuras, el más señalado de los espiritistas, que a la vez tiene fama de hechicero, convoca a los espíritus, preguntándoles quiénes de los allí reunidos van a proporcionar en esa noche la vela mágica, especie de varita de virtud, poseedora del don adivinatorio del lugar donde el tesoro puede hallarse enterrado. Después de revelados los nombres, no sólo de los que han de entregar la esperma para la vela sino los de aquellos que han de ayudar a su extracción, se forma, siempre en la más profunda oscuridad, lo que ellos llaman “el gran círculo mágico”, centrado, desde luego, por el jefe del rito, quien sostiene en sus manos una especie de mortero de barro. (…) El momento es solemne. Cuando ya la sustancia seminal de todos los elegidos ha caído en el mortero, el gran espiritista, fundiéndola en un trozo de sebo, forma la vela mágica, cuyo pabilo, de tripa de cabrito, no hay viento que lo apague. Encendida la vela, todos saltan y gritan a su alrededor, (…). Tomados con ambas manos de la cintura y prendidos, en fila, a la del jefe, vagan mudos, como sin voluntad, por aquellas oscuridades bordeadas de precipicios. (…) Por fin, allí donde la vela se consume, donde cae, ya apagada, su última gota de vida, hay un tesoro. (pp, 219-220)

Pueblo:
Me tocaba, me sacudía la atmósfera de Rute, aquel dramático pueblo andaluz al pie del monte de las Cruces, pueblo, como tantos otros escondidos de aquellas serranías, saturado de terror religioso, entrecruzado de viejas supersticiones populares, soliviantado aún más por una represión de todos los sentidos, que a veces llegaba a reventar en los crímenes más inusitados y turbios; pueblo rico, abundante de suicidas y borrachos, de gentes locas que después de invocar a los espíritus vagaban a caza de tesoros por los montes nocturnos, terminándose casi siempre estas expediciones diabólicas a palo limpio, tiros o navajazos. (pp. 215)


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